Aceptar o resignarse…paz o autoengaño

Cuantas veces escucho últimamente a personas que están luchando en su trabajo, en su vida personal, consigo mismas… y tantas veces me dicen que se niegan a renunciar a esa lucha… Y hoy quiero dedicar este post a algo que suelo intentar transmitir y que no siempre consigo, y es la diferencia entre aceptar y resignarse, o perseverar en lo efectivo en lugar de pelarse mentalmente con algo. Ahora que lo escribo realmente me parece un planteamiento práctico de vida que cuando lo hemos vivido en primera persona nos hemos dado cuenta de la cantidad de conversaciones con uno mismo que no servían para nada, solo para desgastarnos.

¿Qué significa resignarse? Una persona resignada se da cuenta de que algo es muy difícil de cambiar, casi imposible (de hecho hasta ese momento no lo ha conseguido) pero sigue “contándose a si misma” que tiene derecho a pelearlo, es más, tiene la obligación moral de pelearlo… Como se encuentra desmotivada porque no le ha funcionado lo que ha hecho hasta ahora, la pelea que lleva a cabo se encuentra principalmente en su cabeza. Es tal la “pelea mental” que gasta toda su energía en ese estado y se dice a si misma “para qué decir, pedir, sugerir” si en otras ocasiones no me han hecho caso. No obstante, cuando sucede un hecho relacionado con la situación que duele, vuelve la pelea en la mente.

Si duele… no está aceptado… La resignación tiene emociones de frustración, tristeza, rabia, …

En cambio, si peleamos de forma “real”, es decir, hacemos peticiones, opinamos, planteamos sugerencias o alternativas de forma asertiva y respetuosa, ahí ya no estamos en estado de resignación sino aceptación: partimos de un estado emocional equilibrado, en calma mental y lucidez. Y la finalidad de ello es, sobre todo, reforzar nuestra identidad, nuestros valores y autoestima. Precisamente porque cuidamos de las emociones que ponemos en nosotros, la “pelea mental” deja de existir, dado que no tiene utilidad.

¡Esta es la clave para salir de los estados de resignación! Pregúntate: ¿para qué sirve ese pensamiento? ¿te es útil? ¿te beneficia? ¿tiene consecuencias positivas en ti mismo/a?

Si la respuesta es no, te propongo lo opuesto y lo más práctico: acepta la situación para que la mente descanse y así tengas todas tus energías dispuestas hacia lo que quieres transmitir que no te gusta, no estás de acuerdo o quisieras cambiar. Siempre, eso sí, sabiendo que pedir es dejar libertad en el otro para negar; exigir es no dejar otra opción al otro y transmitirle que en caso de negativa habrá consecuencias también negativas para él

Y es que aceptar es estar en el proceso, en lugar de en el resultado; cuando pedimos con la condición de conseguir algo (es decir, pido solo para lograr algo) y no obtenemos lo que queremos, la deducción siguiente será: no sirve de nada pedir. En cambio, si pido por el hecho de ejercer mi derecho a hablar, sentirme con voz e identidad, cuando no obtengo nada puedo sentirme respetado por la persona más importante: yo mismo.

Ya lo explicaba Covey en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”: podemos influir de forma directa o indirecta en algunas situaciones; en otras, aceptar que son de cambio muy difícil es la opción más eficaz, sobre todo en estos tiempos de necesidad de abordar retos cada vez más complejos en un entorno también complejo.

Aceptar va unido a dejar de pelearse mentalmente con algo, sentir calma cuando nos acercamos a ello, y resignarse está ligado a emociones de tristeza, rabia o inquietud porque creemos que algo se podía o me gustaría hacer. En este sentido, aceptar o resignarse no tiene tanto que ver con las posibilidades de cambiar o no lo que pasa fuera (nos sorprendemos a veces al darnos cuenta de cómo cambia la vida…) sino de qué emociones tengo en mi interior cuando conecto con esa situación. Y la calma interna es siempre el mejor acompañante a la hora de mirar hacia lo que nos rodea.

 

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